viernes, 4 de marzo de 2005

Atolondrada, tarambana


Desde luego, hay veces que pienso eso de “cría fama y échate a dormir”. No entiendo por qué la gente que me conoce suele decirme que soy despistada, distraída, olvidadiza, atolondrada, tarambana… porque puede que me vaya de viaje a Turquía y se me olvide hacer la maleta, pero mirad, si en realidad hasta tengo los bolígrafos Bic todos juntos en un bote, separados de los lápices de colores todos juntos en otro bote, separados de los rotuladores fosforitos todos juntos en otro bote diferente al bote donde guardo separados todos los Pilots juntos. Si más o menos tengo un orden y tengo en la estantería organizados los libros por temas, los de poesía por un lado los de lectura por otro y más allá los de ciencia. Si hasta tengo, tengo, tengo y tú no tienes nada.

Aunque claro, luego la verdad es que días como hoy me hacen sospechar que quizás la gente tenga razón y ande por ahí con algo de despiste, distraimiento, olvido, atolondramiento y tarambanismo (¿?).

Todo empezó cuando antes de realizar un furtivo viaje a Lisboa, me pasé por el banco para recoger unas tarjetas de crédito que llevaban allí miles de días. Y como había perdido la carta del pin que me habían mandado por lo visto días antes a mi domicilio, pues me dieron el número en la oficina que yo obedientemente apunté en una hoja y que se me pareció lo más lógico guardar en la cartera con la tarjeta en cuestión, sin firmar porque tampoco había prisa. Y con esa guisa pues me fui a la capital lusa, tan tranquilamente en mi Smart y tan sonriente con mi música a todo trapo. Y luego volví.

Tres días después de la vuelta, me di cuenta de que había perdido la cartera y tres días y 10 minutos después de dicha vuelta, fruto de una reflexión profunda, me di cuenta del pequeño detalle de la mala combinación que había en ella: tarjeta de crédito sin firmar con el pin. Así que anulé todo lo anulable y me cagué en todo una vez más. En mí, en mi cerebro hueco y en todo lo que le acompaña. ¿Qué iba a hacer?

(NOTA DE LA AUTORA: No sé si habéis conocido a alguien capaz de esconder en un Smart una cartera durante un mes, porque yo sí. Tengo que decir aquí y no precisamente a mi favor, que un Smart es un vehículo motorizado, sin guantera, apenas sin maletero, sin juntas ni fisuras para esconder nada. Pero yo me las arreglé y conseguí ocultarlo de tal forma pese a la escasez de recovecos que mi hermana, que usa su coche todos los días, no se había dado ni cuenta de su existencia. El caso es que mi hermana me llamó el otro día para decirme que milagrosamente, se había encontrado la maldita cartera detrás del chaleco reflectante o no sé qué. Pero todo estaba anulado ya, así que de poco me sirvió).

Así que hoy me he ido al banco a recoger de nuevo las tarjetas que había anulado y que creía que había perdido. Y he llegado y me he encontrado que había un montón de ellas, porque resulta que antes de irme a Lisboa algún comercial había conseguido que firmara no sé qué papeles para que me mandaran otra tarjeta de crédito que aún no había recogido antes del viaje y que anulé a la vuelta por si las moscas. Y claro, ahora estaban duplicadas y me he juntado con varias tarjetas y no sabía cuales estaban activadas y cuáles no. Y por supuesto no me sabía el pin de ninguna. Luego he entrado en un despacho y he estado hablando con una chica muy amable a la que le he contado mi odisea. Me ha llevado al cajero para sacar el pin de las puñeteras tarjetas. Pero a mitad de camino me he vuelto porque se me había olvidado la bufanda en el despacho. Y cuando pasaba por delante del sofá en el que había estado esperando mi turno, he visto de reojo mi cartera, la cartera, encima del sofá. Así que he dado un sobresalto y he soltado un “¡anda, mi cartera!” y la he cogido y la chica, que me seguía de cerca, ha flipado un poco. Luego hemos ido al cajero definitivamente y entonces ella me ha dicho muy discretamente que copiara el número secreto secretísimo que nadie podía saber que aparecía en ese momento en pantalla, número que por supuesto he gritado en alto y compartido de este modo, con toda la gente que esperaba su turno en la sucursal. Y no contenta con eso, lo he repetido otra vez con la siguiente tarjeta hasta que ella, presa de un ataque de nerviosismo ante mi intervención triunfal de la mañana completa, me ha advertido que por motivos de seguridad, era mejor que copiara los números de voz baja, si es que podía (a estas alturas sé por su mirada que dudaba con fundamento de mi capacidad intelectual). Lo he apuntado en un papel todo y acto seguido, lo he guardado en mi cartera, junto con las tarjetas sin firmar.

Fin.

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