viernes, 22 de abril de 2005

Ultramarinos

A mí es una palabra que siempre me ha parecido un poco fea, una palabra larga y poco amable. Quizá sea porque detrás del mostrador de los ultramarinos de mi pueblo, había una señora vieja y muy seca, que a pesar de su edad tenía el pelo muy negro y una mirada de rencor hacia los niños, no fuesen a robarle chucherías cuando no estaba atenta.

Pero hoy, remirando la palabra la encuentro bonita, con perfume de lejanía. Nunca se me ocurrió pensar que los productos de la tienda de la señora seca viniesen de ultramar. De echo, esos productos no vendrían de muy lejos, pero de haber pensado así en aquel momento, qué sabor más romántico hubiesen tenido las chuches, hubiesen tenido un sabor ultramarino.

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