Cuando salgo de la oficina, me encuentro a miles de turistas haciéndose hueco entre el tráfico para sacarse la foto con Neptuno al fondo. O mirando el folleto del El Prado sobre la exposición del momento, o incluso haciendo cola para pasar el día en el Thyssen.
Con el sol, el turismo resplandece y a mi me entra la envidia tonta. Me imagino paseando por la calle de una nueva ciudad, viendo mogollón de cosas nuevas, visitando museos y comiendo bocadillos en un banco aprovechando el solecito. Y luego yéndome al hotel a dormir en un sitio extraño que me hace tan feliz a la vez. Y sacando fotos y ponte aquí y ponte allí. Y entrando en tiendas chulas y otras feas. Y viendo a la gente tan rara que vive en otras ciudades a las que siempre quiero irme a vivir.
No sé porqué la gente huye de ser turista y se empeña consigo mismo para ser aventurero. A mi me encanta hacer cola para poder hacerme la foto donde dice la guía, y dejarme extrañar por todo, e ir con la cámara y mis sandalias alemanas con calcetines porque me importa un pimiento y no creo que me encuentre a nadie. Y me encanta comer donde me recomienden. Y conocer gente nueva. Y no quiero hacer tirolina por la jungla ni dormir en sitios con chinches para en el fondo, ser un turista pero en otra parte menos sencilla.
Con lo bonito que es disfrutar sin tener que buscar siempre la autenticidad del momento.






















