miércoles, 24 de enero de 2007

¡Y me da un síndrome y no es el pre-menstrual!

Yo pensaba que eso del síndrome del restaurante chino era algo que no existía en realidad, un mito, como eso de que te sirven gato, o que en las hamburgueserías se hacen hamburguesas con lombrices o que la carne del pollo frito son masas de pollo mutantes que hacen crecer en obscuros laboratorios al son de música lounge y risas diabólicas..., pero no, señoras y señores.

Hete aquí que el sábado pasado voy con un amigo a comer a un restaurante asiático y decidimos regalarnos con el estupendo menú tailandés que incluye muchas cosas ricas:
Llega la sopa, con sus gambas y su leche de coco y todo ¡viva! Con el hambre que teníamos, tras horas de inanición en la biblioteca buscando tebeos ¡qué rica! Nos la comimos super rápido.
Llegan los pinchos de pollo con su salsa picante con cacahuetes ¡viva! Y come que te come.
Llega la ternera con brotes de soja y oh, oh...

–oye, tu te sientes bien?-

-pues no mucho, la verdad...-

Yo sentía como si el increíble Hulk me estuviese masajeando las sienes. ¡Qué presión en la cabeza! Y como si me fuese a caer redonda si me ponía de pié, pero en vez de estar blanca estaba toda roja... A mi amigo, Hulk se le había sentado en el pecho y también le masajeaba la cabeza... ¡buf! Nos faltaba el aire.

El agobio nos duró muy poquito, unos 10 ó 15 minutos, tras los cuales (incluso durante, debo decir con cierto sonrojo) continuamos comiendo.

Como vino se fue. Y el síndrome del restaurante chino, que aparentemente es una reacción alérgica al glutamato monosódico, pero que no tiene un origen completamente claro, y que parece que no le pasa nunca a los chinos, me permitió explorar una vez más eso que tanto me gusta: las diferencias entre personas optimistas y pesimistas:

Yo, pesimista, pensaba: -¡no, enferma ahora no, que mi seguro de salud tiene una franquicia de 1000 euros!
Yo, pesimista y además peliculera, pensaba además: -¡hay que tomar muestras de la comida, quizá seamos alérgicos a una especia tailandesa que causa una muerte fulminante y horrible y es necesario que los médicos tengan una muestra para poder encontrar un antídoto rápidamente!-. Vamos, como si me hubiese mordido una serpiente en el desierto australiano.

Mi amigo, optimista, pensaba: -¡qué bien, tenemos el hospital central al lado!- y otras cosas tranquilizadoras como –no será nada, debe de ser una ligera alergia alimentaria...-

¿Y qué podemos aprender de todo esto?: que no se puede uno atiborrar de comida tailandesa con el estómago demasiado vacío y que los pesimistas tienen siempre una imaginación mucho más salvaje y entretenida.

jueves, 14 de diciembre de 2006

Descubrimiento asombroso del día

La melodía de la cancioncilla esa de “viva nuestro conductor, conductor, conductor” que cantaban los Simpson en el autobús es parte del Allegro vivace du quatuor à cordes en sol majeur op.104 de Ignaz Lachner... que cosas...

miércoles, 13 de diciembre de 2006

Hoy parece un día normal. ¿Lo será?


Hola, mariposillas. Una vez más, me aburro soberanamente en la oficina y el reloj parece que va hacia atrás. Esto es, en vez de pasar el tiempo, pareciera que menguara y retrocediera de forma proporcional a mi aburrimiento. De esta manera, cuanto más me aburriere, más pareciere que faltare para salir, so pena de momentos puntuales de gracia con los que parece me otorgara el día.

Cuando me aburro pienso. Pero no en lineal, si no de forma concéntrica. Así, me da por deprimirme y es por ello por lo que hoy me encuentro en baja forma moral. Mis hormonas pueden influir en ello, quizás, por hallarse dispuestas a bombardearme en los próximos días con todo su regimiento de babas y supuraciones. No obstante, dados mis irregulares ciclos menstruales, todo ello se convierte en una incógnita que no puedo desvelar sin ayuda de superpoderes. Superpoderes que de más está decir que no poseo, pese a que puedo llegar a suplirlos con gracia y talento. No en días como hoy.

Esta tarde, además, la sola idea de tener que irme a chamuscar los pelos del chichi uno a uno con una máquina láser traída del mismísimo infierno, he de decir que no me reconforta. Menos mal que 15€ de crema anestésica prometen ser un buen billete hacia el país del "no-dolor", en el que yo pueda calmar mis nervios y no gritar a la dominatrix del puñetero láser improperios de cualquier orden y procedencia.

Mañana más.

jueves, 16 de noviembre de 2006

No me gusta Paris

He ido tres veces ya este año y no me gusta. No me dice nada. Es grande, hostil, ruidosa, desagradable y por hacer aquí acopio de todos los tópicos típicos, está llena de parisinos.

Yo soy como el ratón de campo, las ciudades grandes me aturullan.
Paso mal por el paso de cebra en verde por entre todos los coches que parados en medio se pitan entre ellos.
Me pilla la mochila la puerta del metro porque las señoras asquerosas del vagón no se apartan ni un milímetro para dejarme entrar pese a que llego tardísimo.
Todo el mundo tiene cara de comer mal, de estar estresado, de estar cabreado y estornuda o tose sin parar.
En el metro todos los anuncios anuncian agencias para ocuparse de la tercera edad o de los niños cuando salen del cole... probablemente los padres de esos niños solos tengan que trabajar demasiado, quién sabe si en empresas que se ocupan de los niños cuando salen del cole...
No me gusta hacer colas interminables para comprar el billete en una máquina que no devuelve el cambio.
No me gusta que me arrastren las mareas humanas en las calles del centro mientras mastico un sandwich yendo con prisa de un lado a otro.
No me gusta ver surgir la torre Eiffel por entre la nube de contaminación, me parece la puntita por la que agarrar la ciudad desde el cielo y tirarla a la basura...

viernes, 10 de noviembre de 2006

Post inéditos de un guisante en Corea I

Pues resulta que esta mañana, revisando entre mis papeles y cosas, me encuentro un cuadernillo con notas que tomé en mi viaje a Corea del Sur el año pasado, con la idea de escribirlas luego aquí, y se me olvidó. Así que ahora me dispongo a rescatar algunas de ellas.

El link a los post que sí puse está aquí.

ON-SU-RI

La estadía en el templo ha sido interesante, aunque fue algo aventuroso llegar. La parte del metro la hicimos bien, y también cogimos el bus correcto, pero ya en la recta final, con tantos logros a nuestras espaldas, nos pasamos la parada y acabamos no se muy bien donde.

El bus merece descripción a parte. En si era normal, tirando a viejo, así un poco tambaleante, sobre todo si se tiene en cuenta la velocidad brutal a la que conducen los coreanos. Nos sentamos en primera fila como buenos turistas pardillos y le dijimos varias veces al conductor “ON-SU-RI”, que era el nombre de nuestra parada, y él asentía con la cabeza como diciendo “que si, que ya lo he entendido” y nosotros: “ON-SU-RI, ON-SU-RI” y venga a sonreir...

El conductor arrancó el bus, y se agarró con determinación al volante gigante con unos guantes de algodón blanco. Del retrovisor colgaban muchas guirnaldas y muñequitos y eso y en un semáforo, para darle ambiente a la cosa, mete una cinta de Neil Sedaka en el radiocasette y se pone a cantar en inglés de la misma manera en que yo adolescente cantaba cosas como “guorrrrrrddss don camisi tu mi...”.

Antes de cada parada, con sus guantes blancos, cogía el micrófono y decía el nombre de la parada. “Esto es pan comido” pensé yo, pero por si acaso me acerqué a él y le repetí “ON-SU-RI” y él me miró con desconfianza.

De pronto, en un pueblo cualquiera para, se baja todo el mundo menos nosotros, y sigue conduciendo hasta el deposito de autobuses... oh oh...

Entonces yo, inasequible al desaliento, le pregunto: “ON-SU-RI?” y él abre unos ojos muy grandes y gesticula y me dice en perfecto coreano algo como que era la parada anterior, que hay que bajarse, que está muy lejos como para ir a pie, que qué vamos a hacer ahora...

“Taxi?” pues qué remedio...

Justo cerca hay una especie de estación de taxis, una oficinita en la que nos sentamos y esperamos. La oficina era un cuartito con sofás, mesa, teléfono, televisión, ventilador y pescado puesto a secar colgando de un fluorescente...

Y yo necesito un café... me acucia de pronto toda mi occidentalidad de golpe, ¡basta de té! ¡café, café! En la puerta de la estación de taxis hay una máquina que parece de café, pero ¿como saber qué botón apretar? Todos tienen etiquetas que acaban en una palabra que se transcribe KOPI, café (los coreanos no consiguen pronunciar la F y la pronuncian P). Kopi esto, kopi lo otro... no entiendo, pulso un botón al azar y es un kopi horrible sin azúcar... me está bien empleado, por ponerme tan terrenal antes de ir a un templo budista.

Y allí seguimos un rato, espera que te espera, nosotros y el pescado seco, a la luz de un fluorescente de estos que parpadea.

Finalmente el taxista llega y yo me abro paso guía en ristre para decirle, con la ayuda de la sección de frases, que queríamos ir al templo de meditación del loto. Él, con una sola mirada me deja claro que mi frase se parecía como un huevo a una castaña a lo que yo quería decir en realidad. Se lo enseño por escrito y nos lleva ¡Genial!

martes, 7 de noviembre de 2006

Un despertador de verdad

Hoy ha sonado mi despertador, lo he apagado de manera totalmente inconsciente y he seguido durmiendo... esto sucede demasiado a menudo y ahora que parece que han terminado de dar golpes en la obra del piso de abajo, golpes que comenzaban a las 8 de la mañana impidiéndome seguir en los brazos de morfeo, puedo dormir tranquilamente hasta bien entrada la mañana, con lo que luego me toca quedarme en el instituto hasta las tantas...

¿Y la culpa de todo esto de quién es? Pues está claro, del despertador.

Mi despertador es inocente, se deja engañar fácilmente. Tiene dos botones, uno para que siga sonando cada 7 minutos y otro para que deje de sonar del todo. Y está claro que yo no debería darle al botón del silencio permanente si no tengo la intención real de levantarme, pero estamos hablando de alguien en proceso de despertarse, alguien que es capaz de todo por 5 minutos más...

Por ello quiero un despertador que no se deje engañar fácilmente. Señores ingenieros de despertadores, pónganse manos a la obra. El despertador debería permanecer siempre en el modo en el que toca la alarma cada 7 minutos, y resultar irritante de manera creciente: titi titi titi titi titi titi ... Para parar la tortura uno tendría que responder a un set de preguntas de dificultad creciente hasta demostrar que esta despierto de verdad de la buena. Algunas preguntas podrían ser:

¿Qué día es hoy?

¿Cuánto son 27 más 45?

¿La “N” va antes o después de la “L” en el abecedario?

¿Entre qué meses va “Marzo” en el calendario?

¿Dónde está tu pasaporte?

¿Dónde está la factura de la luz que hay que pagar mañana?

lunes, 6 de noviembre de 2006

Ha vuelto el frío y hay que abrigarse, yo propongo una prenda de vestir para cada animal

Calzoncillos con bolsillos para los topillos

Calcetines de colorines para los delfines

Leotardos para los leopardos

Pantalones para los muflones

Camisetas para las mofetas

Gorros para los zorros

Y guantes menguantes para los elefantes

viernes, 3 de noviembre de 2006

Una palabra que me gusta hoy (quizá porque sopla viento)

Vibrisas

I think i’m paranoid...

El otro día fui a la OMS y en un momento dado tuve que ir al baño. Salgo yo de hacer pis y me encuentro que junto al lavabo hay un cartel con pinta oficial que dice “¿Te has lavado las manos?” y todo un bla bla de explicación sobre todas las enfermedades que pueden transmitirse por no lavarse las manos, que si salmonelosis, que si esto que si lo otro etc., etc. Y yo, fríamente pensé: he venido limpia de casa, no he tocado nada sucio, he hecho pis, me he limpiado sin mayores embadurnamientos y he salido... ¿debo de verdad lavarme las manos? Y no es por ser cochina, pero es que yo, como toda chica moderna que intente mantenerse hidratada, bebo mucha agua y haré pis unas 12 veces al día. Si me lavase siempre las manos sencillamente ya no tendría manos... y es que estamos exagerando, los chicos que se tocan su pancho para hacer pis, vale, pero las chicas... Si tengo que escoger, prefiero un problema gastrointestinal transitorio que un trastorno obsesivo compulsivo permanente... estos chicos de la OMS los pobres están bajo demasiada presión y comienzan a rayarse...

jueves, 2 de noviembre de 2006

La hora que no existe

El domingo pasado cambió la hora. Siempre tengo una montaña de sensaciones cuando cambian la hora: cuando me “quitan” la hora lo odio, siempre es una hora de sueño o una hora de amor o una hora de bailar o estar con amigos que alguien me roba.

Desde aquí propongo una movilización general para que la hora, en lugar del sábado-domingo la quiten el lunes por la mañana. Estoy segura de que entrañaría ciertas complicaciones pero la gente estaría dispuesta a hacer un pequeño esfuerzo con tal de que el lunes a las 11 de pronto fuesen las 12 y quedase menos tiempo para salir del trabajo.

Cuando me “dan” la hora, por lo general me gusta. Duermes más, bailas más, amas más... esta vez, sin embargo fue agridulce porque esperé más. Venían a verme de lejos en tren. Qué desespero, qué arrastrarse innoble de minutos, incluso de segundos, despaaaaacio despaaaaacio... y de pronto, golpe cruel del destino, cambio de hora. De vuelta a la casilla de las dos. En mi inocencia creí por un momento que llegarían a verme antes, una hora antes, pero no. Increíble revelación, señoras y señores, los trenes del mundo paran en el cambio de hora, cada uno en su vía, en la noche, en el medio de algún sitio y esperan una hora enterita con todos sus pedazos. ¡Qué desespero! pero ¡qué belleza! todos esos trenes parados en la noche durante una hora que no existe...

El guisante ataca de nuevo: noticia repugnante del día

Chuck Norris a ido a Irak para levantar la moral de las tropas americanas...

lunes, 16 de octubre de 2006

Hogar dulce hogar


Últimamente, estoy de lo más hogareña. Me paso la semana intentando no llenar de eventos la agenda, con el fin de poder quedarme en casa entre semana y tener una vida tranquila. Me apetece tumbarme a leer, coser, hacer la cena, ver la tele… todo en pijama de franela, jersey de algodón y zapatillas blanditas con pelo por dentro. Es como si me apeteciera tener paz de postre y fuera la única forma que tengo de conseguirlo.

También me apetece mucho irme a una casa rural. Una en la que se esté muy calentito y en al que haga mucho frío fuera. Y salir a pasear por el bosque pelado por la mañana, en un día gris de esos que quedan genial con el marrón y el verde, y volver por la tarde a por un chocolate caliente delante de la chimenea, recién duchada y con mi pijama de nuevo.

Voy a intentar escaparme un fin de semana a una que tiene una amiga de mi madre muy bonita en Ávila. Me gustaría que se vinieran mis amigos, porque me río mucho cuando están y también es como absorber paz a raudales sin esfuerzo. Pero no muchos, que luego me entra la fobia social y no puedo salir de mi propio caparazón porque no encuentro la llave.

viernes, 13 de octubre de 2006

Entre intestinos anda el juego


El intestino es una parte del cuerpo alucinante. Mientras estás sentada trabajando, andando por la calle, durmiendo, él está ahí retorciéndose, absorbiendo y dando forma a la caca. Es muy fuerte pensar que tenemos semejante manufactura incorporada y no nos percatamos de su existencia y mucho menos de la cadena de montaje, salvo en el final del proceso.

¡Una puede estar vestida en raso tranquilamente en una fiesta en al Embajada Griega, con dos pendientes de diamantes con brillo propio y sonriendo al tuntún, y a la vez estar confeccionando un chorizo (con perdón) en toda regla! Jolines, esto sí que es incongruente

jueves, 28 de septiembre de 2006

Frantico

(Para los que lean francés y sean un poco guarros)

Y resulta que hay blogs de dibujantes de comics... claro, esto seguro que era obvio para muchos (especialmente para los dibujantes de comics) pero yo me enteré antesdeayer.

Y he aquí un link a uno simpático, en francés:

http://www.zanorg.com/frantico/

Te cambio mi vida

(pero sólo por un rato, luego me la devuelves)

Siempre he pensado que una buena respuesta a esa pregunta de: “¿por quién te cambiarías?” Es esa de, “por nadie, no querría ser ninguna otra persona”. Y la verdad es que no, no querría ser otra, bastante trabajo me ha costado intentar entenderme minimamente como para ponerme a estas alturas a cambiarme por otros. Pero eso no es del todo honesto, porque lo que no quiero es cambiarme PARA SIEMPRE, pero por un rato...

Cuando era pequeña, cuenta la leyenda de mis recuerdos deformados, que me cambiaba la ropa al llegar al colegio con una amiga. Tendríamos 7 u 8 años y llegábamos al cole, íbamos al baño y nos cambiábamos la ropa, a la hora de irse nos la cambiábamos otra vez. ¿Por qué? ni idea... ni siquiera se si sólo pasó una vez o varias, lo que si creo es que no tenía nada que ver con vernos en pelota picada la una a la otra por que no recuerdo nada de eso... en fin. Que yo creo que quería ser ella (que iba vestida un poco más cursi que yo, con faldas y eso) por un poco y ella quería ser yo (que llevaba petos de pana y botitas kickers rojas y azules con velcro) por otro poco, y luego volver tranquilamente a ser quien éramos.

En estos días estoy haciendo algo parecido, pero sin travestismos. Mi compañero de despacho tiene que acabar de escribir un texto sobre las teorías en torno al origen del SIDA y yo tengo que hacer una estupenda bibliografía analítica de la historia del cáncer. Hartos de estar hartos y de quejarnos y de oírnos quejarnos, etc., nos hemos cambiado las vidas. Y él me está haciendo un trabajo estupendísimo, oiga, y yo, pero qué contenta estoy con mi texto. Quizá esto tenga que ver con el hecho de que puedo echarme unas parrafadas ininteligibles y que mi nombre no aparecerá por ningún lado, pero creo que no, creo que uno vuela mucho más libre y hace mejor las cosas que requieren creatividad sin el peso de la responsabilidad. Y sin haberlo planeado, me he marcado un pareado anónimo firmado por el...

martes, 26 de septiembre de 2006

Sobre el sufrimiento inútil

Acabo de llegar a mi puesto de trabajo (de este sufrimiento útil quizás hable en otra ocasión) tras un penoso trayecto a pie desde mi casa con unos zapatos que me hacen polvo los pies. Y venía pensando dos cosas por el camino:

  1. Que mi sufrimiento inútil soportado con estoica entereza me daba seguramente un aire de poetisa urbana atormentada (puesto que no cojeaba, para no delatarme).
  2. Cuánto el sufrimiento inútil parece ser considerado una virtud en nuestra sociedad, tanto en el mundo frívolo (para presumir hay que sufrir) como en el espiritual-elevado (cierro los ojos y veo señoras andando de rodillas en las procesiones o cosas así).

En fin, ¿por qué esta hipervalorización del sufrimiento? Yo como buena atea con dejes de antropóloga le busco siempre las culpas a la religión, y divagando divagando he acabado pensando: ¿no es un poco raro que Jesús y los otros, claro, llevasen su propia cruz a cuestas en el vía crucis para luego ser crucificados? ¿Y si se hubiesen negado? ¿Habría cambiado mucho la cosa? ¿Sería nuestro mundo un poquito distinto tirando a mejor?

-Pues no, mire, la cruz la va a llevar a hombros vuesa merced el centurión, y a mi a caballito si quiere...

De remate


Estar loco es una cosa muy seria, que no se consigue así como así. Tienes que estar todo el rato haciendo de las tuyas para que la gente mire para otro lado y diga muy bajito “pobre, con lo que ha sido”. Estar chalado de remate es un proyecto de vida, es una inversión a largo plazo.

Cosas que puede hacer un loco (versión ligera): ponerse calcetines de colores desparejados y pantalones pesqueros, atarse los pantalones con una cuerda, cantar muy alto en la oficina o en el autobús, ir a por un café a la máquina en pijama, decirle a tu compañera de piso que te molesta que sea feliz, hacer como si nada hubiera pasado o como si lo que hubiera pasado fuera normal, reírse solo y a destiempo. No se me ocurre más, o se me ocurren muchas cosas que no caben.

Para otro punto de vista: post “Que no se nos oxide el absurdo” del martes, agosto 22, 2006 (Guisante pensante)

viernes, 22 de septiembre de 2006

In Memoriam : Valki

Antes de ayer se me murió, de muerte natural, mi perro Valki. O mejor dicho, nuestro perro Valki. O mejor dicho aún, el perro que vivía con nosotros: Valki.

Valki nació en casa de mis padres cuando yo todavía vivía allí, hace unos 14 años.

Valki era grande, de color marrón y negro y tenía una barba como la de la pantera rosa.

Valki tenía un aire tonto y simpático, hacía ruidos como de gato y tenía un aliento horrible.

Vivía en el jardín, dormía en un hueco debajo de la casa y siempre intentaba escaparse cuando uno entraba en la parcela, especialmente cuando uno venía cargado de bolsas de la compra, maletas, mochilas, bombonas de butano, etc. Aparentemente su intención no era huir para siempre, sólo parecía querer ir a darse una vuelta, revolucionar a todos los perros del barrio y volver hecho polvo a beberse toda el agua de su barreño.

A lo largo de su vida casi no aprendió ningún truco (quizá los encontraba denigrantes, como yo, o sencillamente poco interesantes). Muy a menudo pasaba de sentarse o de dar la pata cuando se lo pedías, pero lo mejor que hacía, o que no hacía en realidad, era lo de traer un palo. Si tu le tirabas un palo, él iba al lugar en el que aproximadamente había caído, buscaba un poco, y si no lo encontraba te traía otro palo cualquiera. Yo siempre encontré eso genial, como si le diese la vuelta a todo el truco, como si al que le interesase el palo fuese a ti y no a él. Quizá tenía razón y a mi me parece que con ello expresaba una sinceridad de la que otros perros no son capaces: -“¿todo esto del palo para qué?" -parecía decir- " quieres uno, pues ahí tienes este”.

En las veces en que salí al campo con él, nunca se alejaba demasiado de mí, y si desplegaba el mapa para orientarme, sentada en el suelo, él venía rápidamente, se tumbaba sobre él mirándome con un aire medio inocente medio de triunfo.

Los niños pequeños y él se generaban curiosidad mutuamente. Más saltaban los niños al verlo, más saltaba él. A veces les ladraba, pero no para asustarlos, sino de puro nerviosismo. Los olisqueaba y los empujaba un poco con el hocico, para estudiarlos un poco, pero nunca se portó mal con ninguno.

No supimos nunca que podía ser fiero hasta que nos dijo el cartero que a veces le daba miedo.

Es difícil saber si tuvo una vida plena, pero creo que en general fue feliz: comía bien, corría siempre por el jardín y se reprodujo al menos una vez con la perrita de un señor (es cierto que no es mucho, pero algo es algo). Años más tarde mantuvo una relación de “algo más que amistad” con Roque, el otro perro que vino a vivir con nosotros después que él. Había en su historia algo de territorialidad, claro, pero parecía que no sólo. Poco a poco se quedó viejito y se le pasó la fogosidad, pero que le quiten lo bailao.

Valki tenía ciertas malas costumbres, como tirarse pedos con ruido o eructar. Comía avispas y cuando bebía agua y estabas a tiro venía a mojarte con sus barbas chorreantes. El jardín era su territorio, y si te tumbabas en la hamaca a dormir en verano, primero venía contento y te echaba el aliento y luego se encaramaba y se te tumbaba encima a lamerte la cara y a dormir también, no había nada que hacer, toda resistencia era inútil.

Ahora se ha ido. No más gruñidos de gustito cuando le rascabas el lomo. No más barbas mojadas de repente en medio de tu siesta. No más pedos con ruido de los que él mismo se asustaba a veces. No más miedo en las tormentas o con fuegos artificiales...

Nos quedan, eso sí, todas esas imágenes de él, el recuerdo de cómo se enfadaba cuando lo regañabas, o de como parecía sentirse ridículo y ofendido si te reías de él cuando mi madre le cortaba el pelo en verano. Y nos queda también la manera rara en que Roque ladra, manera que copió de él (sin mucho éxito, todo hay que decirlo).

Y yo intento no estar muy triste, intento aprender de un amigo su manera serena de asumir la falta de los seres que ya no formarán parte del futuro de su vida, pero 14 años de recuerdos son muchos recuerdos y algo duele...

Quizá ayudaría ahora tener un arrebato místico-romántico e imaginarlo corriendo por jardines sin vallas o algo así, pero a mí no me sale mucho... en fin, te echaremos de menos, Valki.

miércoles, 20 de septiembre de 2006

Las vallas no provisionales

De camino al trabajo desde mi casa (un total de algo más de un kilómetro quizás), el otro día conté 111 vallas metálicas amarillas de las que se ponen en las obras, 43 en la Plaza de París y el resto en la Calle Fortuny. Pero están porque haya obras, sino que están ahí permanentemente todo el año para evitar el paso de la gente a sitios determinados, como por ejemplo la Audiencia Nacional, el Tribunal de Cuentas o no sé qué organismos estatales.

No es de esperar que de la noche a la mañana, todas estas sedes tan importantes de la Administración se vayan a mover del sitio. Igualmente, es de suponer que es necesario cortar el acceso a los transeúntes o evitar el estacionamiento de los coches reiteradamente delante de las puertas o alrededores.

La pregunta es entonces, por qué somos tan cutres y no ponemos unas vallas permanentes, con algún dispositivo que las mueva o las esconda en caso de que sea necesario, en vez de tener todo el día las vallas estas amarillas de aquí para allá, la mayoría rotas y del año 0, que hacen tan fea la ciudad.